Afganistán: el síndrome de Vietnam

En opinión de ambas partes, las conversaciones iniciadas hace un año en Qatar deberían conducir rápidamente a un acuerdo. Por un lado están los representantes de los insurgentes talibanes, que llegaron al poder en Kabul en 1996 y fueron expulsados cinco años después por una coalición militar internacional liderada por Estados Unidos. Por otro, una delegación estadounidense encabezada por Zalmay Khalilzad, diplomático de origen afgano.

Que la Casa Blanca busque poner fin a un conflicto, es cierto que de baja intensidad, pero que es el más largo de la historia del país (dieciocho años) es lógico y está perfectamente en línea con un deseo, expresado en repetidas ocasiones por Donald Trump, de desvincularse de los distintos teatros en los que participa.

Es el método lo que plantea un problema, y que recuerda extrañamente al precedente vietnamita: la salida de las tropas estadounidenses del sur tras las negociaciones llevadas a cabo en París con el régimen de Hanoi, y preludio de la caída de Saigón.

Peacemaker

La implicación de Estados Unidos en Afganistán es desproporcionada en relación con lo que había sido en el sudeste asiático: el número de soldados enviados para proteger al régimen de Kabul alcanzó un máximo de 100.000 (actualmente 14.000), mientras que habían sido hasta medio millón en Vietnam del Sur, con 47.000 muertos en el proceso.

Por otra parte, los argumentos de Donald Trump se acercan a los que motivaron a su predecesor Richard Nixon: consideraciones de política interna que imponen repatriar a los chicos lo más rápido posible, aunque sea en la modalidad de «après moi le déluge».

Confrontado con el escándalo del Watergate que iba a conducir a su dimisión, «Tricky Dicky» (Richard el tramposo) esperaba restaurar su imagen en la opinión pública poniendo fin a una guerra que se había vuelto extremadamente impopular. Por su parte, Trump quiere poder presentarse a un segundo mandato el año que viene con una reputación de pacificador.

¿Pero a qué precio? Al igual que su predecesor, el presidente está negociando desde la posición del débil al fuerte contra un enemigo que ya controla la mitad del país, sigue siendo el dueño de los relojes y se espera que acabe por obtener importantes concesiones. En 1975, el ejército survietnamita, abandonado por su apoyo estadounidense y minado por las deserciones e infiltraciones del Vietcong, no resistió mucho tiempo. Esta es más o menos la situación en la que se encuentran actualmente las fuerzas afganas.

Promesas

El resultado de las conversaciones que se están celebrando en Doha probablemente sea fatal para ellas. A cambio de la retirada del contingente estadounidense, los talibanes garantizarían la apertura de un diálogo con el actual gobierno afgano, que hasta ahora se ha mantenido al margen de las negociaciones, y se comprometerían a no ofrecer cobijo a ningún movimiento terrorista; ellos, que habían acogido a Al Qaeda cuando estaban en Kabul.

Este tipo de promesas no comprometen a nadie, y menos a quienes las hacen. ¿Tendrán los talibanes la voluntad y los medios para erradicar a Daech, que se ha establecido recientemente en el país? ¿Qué pasa con los servicios secretos pakistaníes, que siempre se han cuidado de desestabilizar Afganistán por miedo a verlo caer en la órbita india?

En cualquier momento, los afganos deben asumir que los talibanes vuelvan al poder. Rezando para que hayan cambiado, los que cuando estaban en el poder cortaban las manos a los ladrones, apedreaban a las adúlteras, prohibían la escolarización de las niñas, la música, las cometas…

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