Cómo desarrollar la empatía hacia otras culturas

Diversidad cultural

Todos nos comunicamos con códigos, que se expresan a través de nuestras palabras y nuestra forma de hablar, pero también a través de nuestra comunicación no verbal y nuestro comportamiento. Estos códigos están ligados a nuestra identidad y personalidad, pero también están profundamente impregnados de nuestra cultura, por lo que son diferentes de un grupo a otro (entre un francés y un americano, un financiero y un agricultor, entre un padre y su hijo…) Estas diferencias son causa de palabras no dichas, malentendidos y a veces conflictos. Pueden ser perjudiciales para la eficiencia en el trabajo y para el bienestar en la vida personal. Este fenómeno se ve amplificado hoy en día por la globalización, y el progreso de las tecnologías de la información.

La construcción europea, a través de la ampliación a los países de Europa del Este y Central ha propiciado una mayor diversidad cultural. La globalización ha acelerado los intercambios en los últimos 20 años. El aumento de los flujos migratorios, impulsado por la presión demográfica, la miseria económica o las dictaduras de algunos países, ha provocado una mezcla de poblaciones nunca vista a escala humana. Al mismo tiempo, las dificultades económicas mundiales de los últimos años han llevado a muchos individuos y grupos a volverse hacia dentro, y a sus afiliaciones nacionales, étnicas o comunitarias. Así, se están recreando comunidades de intereses, basadas en la afiliación nacional, étnica, religiosa o política… Hay una necesidad de reagruparse, de distinguirse, de valorarse adhiriéndose a valores comunes y particulares. Pero algunos grupos hacen reclamaciones, a menudo contra otros grupos, y así vemos un resurgimiento del comunitarismo, el nacionalismo y otras actitudes etnocéntricas. Por lo tanto, en un momento en el que los intercambios culturales alcanzan un nivel sin precedentes, los riesgos de que generen conflictos son máximos.

Pero este desarrollo de los intercambios interculturales debe ser una oportunidad. Las diferencias culturales animan a las personas a intentar comprender a los demás y, a su vez, esto suele conducir a la superación personal. Además, la confianza y el entendimiento mutuo, junto con la puesta en común de ideas de diferentes culturas, suelen dar lugar a soluciones inesperadas e innovadoras. Por lo tanto, las diferencias culturales deben verse de forma positiva, no como un obstáculo o una fuente de competencia, sino fundamentalmente como algo que se complementa mutuamente. La interculturalidad bien gestionada crea sinergias, intercambios, conocimientos y buenas prácticas, y conduce a la ampliación de los horizontes y marcos de referencia de las personas. Por lo tanto, hay que promover una actitud proactiva y voluntarista para fomentar la diversidad cultural como proceso que garantiza la supervivencia de la humanidad, según la definición de la UNESCO (véase más adelante). No se trata sólo de preservar, sino también de desarrollar la riqueza de los intercambios debidos a esta diversidad, que se ha considerado una fuente de progreso para la humanidad.

«Este patrimonio cultural inmaterial, transmitido de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, y les proporciona un sentido de identidad y continuidad, contribuyendo así a promover el respeto por la diversidad cultural y la creatividad humana»

UNESCO, 2003

¿Y el coaching?

El coaching, una forma particular de asistencia, ¿no puede proporcionar métodos y herramientas valiosas para desplegar el potencial humano aprovechando esta diversidad, y desarrollar así el rendimiento de las organizaciones y la felicidad de los individuos?

A veces reina la confusión en cuanto a la definición que se da a este proceso específico de acompañamiento, y el coaching no siempre ha tenido en cuenta la diversidad cultural en su ejercicio. Uno de los primeros acompañamientos que un coach podrá realizar con un cliente expuesto a la interculturalidad, será ayudarle a desarrollar su empatía hacia la otra cultura. De este modo, le ayudará a mejorar su sensibilidad intercultural, es decir, la capacidad de percibir y comprender el «mapa del mundo» de la persona que tenemos delante, marcado por su personalidad pero también por su cultura. Este «mapa del mundo», el marco de referencia de cada uno, no sólo puede ser radicalmente diferente del nuestro, sino que, sobre todo, obedece a códigos que ni siquiera podemos imaginar.

Sensibilidad intercultural

«La clave para desarrollar la sensibilidad y las habilidades necesarias para la comunicación intercultural radica, en primer lugar, en la propia percepción de las diferencias culturales. «

Bennett, 1986.

Sobre estas bases, el profesor de comunicación intercultural estadounidense Miton J. Bennett desarrolló un modelo para evaluar la sensibilidad intercultural. Propone un instrumento conceptual para situar ciertas reacciones individuales con el fin de distinguir mejor los criterios de una verdadera adaptación a otra cultura. Esta herramienta es interesante para la comprensión de las emociones y las reacciones clásicas al choque cultural, «causadas por la ansiedad de perder todos nuestros puntos de referencia y símbolos familiares en la interacción social» (Oberg, 1954.) Milton Bennett insiste en la naturaleza lineal del modelo. Existe un continuo entre cada etapa, y los individuos pueden progresar o retroceder alternativamente según las circunstancias.

Las tres primeras etapas, denominadas etnocéntricas, son la negación, la defensa y la minimización. Los tres últimos estadios, denominados etnorelativistas, son la aceptación, la adaptación y la integración:

Estadios etnocentristas

Negación (no hay diferencia )

Este estadio puede adoptar dos formas, o bien se ignora la existencia de los demás o bien se sitúa el propio grupo cultural por encima de otras comunidades rechazando el contacto. A esto se le llama «parroquialismo» o visión estrecha del mundo. Esta mentalidad se manifiesta en forma de incomodidad, o de encontrar extraño algo diferente. Se caracteriza por el uso de estereotipos muy burdos para clasificar las diferencias, sin mucho discernimiento. En un caso extremo, puede llegar a la denigración, a la estigmatización del otro o al racismo y la xenofobia.

Defensa (contra la diferencia)

En esta etapa, la diferencia se reconoce, pero se teme, se percibe como una amenaza. La persona desarrolla estereotipos negativos, en los que cada individuo de un grupo culturalmente diferente carga con las peculiaridades indeseables que se otorgan a toda su comunidad. La denigración puede estar relacionada con la etnia, el género o cualquier otro supuesto criterio de diferencia. Otra forma de defensa es la asunción de la superioridad cultural. Uno simplemente piensa que su propia cultura está en la cima de la evolución y, por lo tanto, asigna a lo que es diferente un estatus inferior. Una de las consecuencias es que la inseguridad ante las diferencias se percibe como muy grande, ya que insinúan la posibilidad de que la propia cultura no sea la única visión del mundo posible.

Minimización (de la diferencia)

En esta etapa, el individuo sigue en una postura defensiva; para preservar la propia cultura, se minimizan las diferencias: «Todos somos iguales» se debe traducir como «Todos sois como yo» y conduce a una voluntad de asimilación de los demás. Las diferencias culturales se reconocen y se toleran hasta cierto punto, pero se consideran superficiales o una barrera para la comunicación. Se piensa que la comunicación se basa en un conjunto común de reglas y principios universales.

Estadios entnorelativistas

Aceptación (una nueva forma de ver)

Este pasaje está marcado por una nueva forma de ver las culturas como fluidas y dinámicas, en lugar de rígidas y estáticas. Uno concibe que los demás son diferentes, que tienen otras referencias, otras reglas, aceptando el hecho de que no son ni peores ni mejores que las propias, sólo diferentes. Uno entiende que pueden existir otros marcos culturales de referencia distintos del propio, aunque no los entienda en toda su complejidad. Uno busca profundizar en las diferencias porque ya no las percibe como una amenaza. Esta etapa anuncia una apertura en la visión de las diferencias, y se refleja en una voluntad real de conocer y aprender del otro.

Adaptación (una nueva forma de actuar)

En esta etapa comienza la empatía con la nueva cultura, es decir, la capacidad de cambiar temporalmente el propio marco de referencia, percibiendo ciertas situaciones en el lugar del otro. A menudo es parcial, en áreas relacionadas con la situación actual. Se manifiesta a nivel de comportamiento a través de acciones apropiadas en la propia cultura de destino (formas de comunicarse utilizando la no verbalidad adaptada, por ejemplo.) La persona desarrolla una capacidad para actuar fuera de su propio marco cultural gracias a una visión más dinámica y a una mejor comprensión de las diferencias.

Integración (una nueva forma de ser)

A este nivel, llegamos a un individuo multicultural capaz de adaptarse a cualquier situación intercultural gracias a sus múltiples marcos de referencia. Él «no es simplemente la persona que es sensible a muchas culturas diferentes. Más bien, es la persona que constantemente forma parte y al mismo tiempo se siente fuera de un contexto cultural determinado» (Adler, 1977). Este etnorrelativismo de alto nivel permite una gran libertad de pensamiento, y salir de la camisa de fuerza de las referencias impuestas por una sola cultura. Se adquiere la capacidad de evaluar un acontecimiento en referencia a un contexto cultural determinado. Esta capacidad se llama evaluación contextual.

Este modelo es doblemente interesante, ya que el coach puede utilizarlo para sí mismo como proceso de mejora y para su cliente como modelo. Evaluará la percepción del posicionamiento de su cliente en esta escala, y lo confrontará con su posicionamiento real, que puede ser diferente. Entonces sus conocimientos ayudarán a la persona entrenada a desarrollar su sensibilidad intercultural, para moverse con mayor fluidez dentro de la cultura a la que está expuesta, tanto desde un punto de vista cognitivo, como emocional y conductual.

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