Cuestiones de comunicación

1 Durante la última década, me ha preocupado este problema general: la relación entre Internet y la democracia. En concreto, he estudiado cómo y en qué medida los medios digitales facilitan la participación política, cómo fomentan el compromiso de los ciudadanos en la vida pública. No es de extrañar -y afortunadamente- que no sea el único que se ha embarcado en este empeño, y me he beneficiado de los amplios comentarios de mis colegas, así como de la lectura de muchos trabajos. Llegados a este punto, puede decirse que el tema de «Internet y la democracia» constituye una especie de subcampo interdisciplinario especializado que interesa a multitud de estudiosos de los medios de comunicación, la comunicación política, la sociología política e incluso los estudios culturales.

2Por supuesto, debido a esta actividad investigadora que proviene de diversos horizontes del mundo académico y, en algunos casos, de diferentes postulados, no existe un único panorama unificado sobre este tema. En particular, las diferentes concepciones de la política y las distintas representaciones de la democracia alimentan estas diferencias de apreciación de la situación. En lo que sigue, esbozaré mi trayectoria personal y propondré una visión sintética, al tiempo que integraré algunos trabajos significativos producidos por otros investigadores. Si la participación ciudadana, en cualquiera de sus formas, puede concebirse como una institución, debemos tener en cuenta las contingencias de esta institución, ya sean las circunstancias inmediatas y los estilos de vida cotidianos a nivel individual de las personas o las configuraciones de las estructuras sociales a un nivel más amplio. Por eso subrayo la importancia de las condiciones socioculturales modernas recientes para entender la democracia y la participación, y en este contexto, el componente mediático en primer lugar. Sin embargo, como defiendo, debemos ser modestos en nuestras expectativas de lo que la web puede aportar a la democracia.

3He publicado con bastante regularidad sobre este tema. Una de mis contribuciones se publicó en esta revista (Dahlgren 2003a) y otra relacionada con ella puede encontrarse en otra publicación (Dahlgren, 2003b). También he informado sobre varias escuelas de pensamiento en un libro (Dahlgren, 2009) y en dos antologías dedicadas más específicamente a los jóvenes ciudadanos (Dahlgren, 2007; Olsson, Dahlgren, 2010). Un libro menos voluminoso, también sobre la juventud, acaba de ser publicado en francés (Dahlgren, 2012). En esta contribución, situaré la web en relación con un contexto de retos a los que se enfrenta la democracia. A partir de ahí, en la segunda parte, repasaré brevemente algunos de los elementos centrales que separan a «optimistas» y «pesimistas» en sus debates sobre lo que la web puede aportar a la democracia. En la tercera parte, destacaré una serie de atributos del entorno web y su cultura mediática, relacionándolos con el tema de la participación. La cuarta parte explorará la lógica de red de Internet y su importancia positiva para la democracia, y también ofrecerá dos desarrollos problemáticos que socavan este potencial. La discusión final enfatizará la naturaleza ambivalente del papel democrático de la web.

Los retos de la democracia

4Desde su aparición como fenómeno de masas a mediados de la década de los noventa, Internet ha entrado en la investigación y los debates actuales sobre la democracia. Esta atención se ha intensificado a medida que se han profundizado sus dilemas. Su vitalidad y su propia supervivencia no pueden darse por sentadas. Se trata de un proyecto histórico, plagado de disputas entre las fuerzas que pretenden limitarlo de diversas maneras y las que buscan ampliarlo y profundizarlo, en particular aumentando la participación ciudadana. En las democracias occidentales contemporáneas, la política de partidos parece estancada, reactiva y aburrida, y muchos ciudadanos sienten que no se les ofrece realmente una opción. En cuanto a la participación política, hemos asistido a un descenso constante de la participación electoral, de la participación en los partidos e incluso de la acción de la sociedad civil. Ha aumentado el escepticismo, la frustración y, admitámoslo, el cinismo hacia la clase política.

5Sin embargo, esta diatriba sobre el declive de la participación política está siendo contrarrestada por otras tendencias, sobre todo fuera del ámbito tradicional de la política partidista. Vemos la aparición de una extrema derecha políticamente activa en muchos países europeos, movimientos que no sólo se movilizan contra la inmigración, sino que también expresan las frustraciones y el sentimiento de impotencia que experimentan muchos en el extremo inferior de la jerarquía socioeconómica. Por otro lado, se ha producido un retorno del compromiso con la izquierda, a menudo en forma de movimientos sociales progresistas y no tradicionales que atacan la globalización neoliberal y la desigualdad socioeconómica. Aunque las cifras son difíciles de medir, hay que reconocer, sin embargo, que estas formas de participación coinciden con las minorías de los segmentos estadísticos del cuerpo cívico.

6En el mejor de los casos, la democracia surge, de forma desigual a lo sumo, como resultado de las luchas políticas. Rara vez cae como un regalo para el pueblo desde los círculos de poder, como nos recuerdan los acontecimientos de la Primavera Árabe de 2011. Hoy en día, especialistas académicos, periodistas, personal político y ciudadanos se preguntan si es posible mantener la calidad democrática de sus sociedades y cómo hacerlo. Pero estas cifras también se preguntan de qué manera se pueden abordar nuestros déficits democráticos. En este sentido, el compromiso político es un tema importante. Sin un nivel mínimo de compromiso por parte de los ciudadanos, la democracia pierde su legitimidad y deja de funcionar auténticamente. Visto desde la perspectiva del entorno web, la pregunta que surge es la siguiente: ¿en qué medida y cómo contribuyen los medios digitales a facilitar la participación?

Web y democracia: la ambivalencia

7Comencemos por observar el uso generalizado de la red y de aquellas tecnologías auxiliares, como la telefonía móvil, en la vida cotidiana. Una proporción creciente de personas pasa cada vez más tiempo satisfaciendo una serie de necesidades en el espacio omnipresente que es la web. La red no es sólo un lugar que se visita de vez en cuando para buscar algo concreto, sino que se está convirtiendo cada vez más en el terreno central de la vida cotidiana del individuo. Los jóvenes, en particular, son consumidores de sus herramientas, no sólo para enviar mensajes hablados o escritos, sino también para subir, remezclar, enlazar y compartir contenidos diversos, con habilidades cada vez más complejas. Ya sea interactuando en las redes sociales con amigos, chateando en blogs, navegando por la música o las noticias, comprando o buscando pareja, la web es el principal vínculo con el mundo. La red se entrelaza de la manera más íntima con la vida individual fuera de ella, así como con el funcionamiento de grupos, organizaciones e instituciones. Si la web ofrece un entorno importante para la participación social, apenas se siente -sobre todo por los más jóvenes- como algo radicalmente separado de su vida en general. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica, se puede argumentar (véase más arriba) que ciertas funciones sociales también requieren elementos de encuentros in vivo, cara a cara, para ser reconocidas. La democracia es una de ellas.

8 Esta espectacular transformación del paisaje mediático, así como del universo social, tiene obviamente consecuencias para la democracia. En este punto, vemos cómo se acelera la visibilidad de los debates, con estos campos de fuerza del optimismo y el pesimismo muy cerca de nosotros. Mientras que algunos observadores (Benkler, 2006; Castells, 2010) señalan el efecto positivo general de la web en la democracia, otros autores (Morozov, 2011) sostienen que este argumento está sobrevalorado, y que las tecnologías de Internet no sólo no contribuyen a democratizar el mundo, sino que son utilizadas por los regímenes autoritarios para controlar a sus ciudadanos y amordazar a la oposición. Desde una perspectiva cognitiva, Nicholas Carr (2010) sostiene que los medios digitales reducen la capacidad de pensar, leer y recordar, lo que hace que los fundamentos mismos de la civilización sean problemáticos. Mientras que muchos analistas comparten la idea de Cass R. Sunstein (2008) de que la «sabiduría de las multitudes» (encarnada en Wikipedia y la blogosfera) produce democráticamente nuevas y mejores formas de conocimiento, otros como Andrew Keen (2008) señalan los peligros de la Web 2.0 participativa y sostienen que erosiona los valores, las normas y la creatividad.

9Pero los observadores también señalan que el uso de la web con fines políticos es en gran medida menos prioritario que el consumo, el entretenimiento, las conexiones sociales… Por ejemplo, Mathew Hindman (2009) estima que sólo el 0,10% del tráfico se dirige a sitios políticos (frente al 10% de los sitios porno). Para la mayoría de la gente, las cuestiones políticas no son la principal preocupación, y aunque la web es una herramienta impresionante, no es suficiente por sí sola para movilizar a los ciudadanos que no estarían dispuestos a participar.

10Sería demasiado sencillo descartar estos análisis de tendencia escéptica. Al mismo tiempo, la investigación ha seguido destacando el potencial de Internet para ampliar y profundizar el compromiso democrático. Aunque la política sigue representando un uso limitado de la red, su vasto universo de comunicación facilita su aparición en los intercambios en línea. Incluso puede decirse que está «irrumpiendo», especialmente en las nuevas formas postpartidistas que están surgiendo actualmente. El entorno web ofrece un amplio abanico de formas de participación política en diferentes formatos: páginas web de grupos activistas, foros de discusión y debate, documentales de manifestaciones y enfrentamientos políticos colgados en YouTube. ¿Quién iba a pensar, en sus inicios, que Facebook y Twitter se convertirían en importantes instituciones de la esfera pública, desempeñando un papel en el debate y la formación de opinión? Aunque todavía hay cierta incertidumbre, podemos destacar una serie de características del papel de la red en la democracia. Pero qué decir de algunos temas clave relacionados con la participación democrática a través de la web.

La participación y el entorno dinámico de la web

11En el contexto democrático, el tratamiento de la participación puede dar lugar a cuestiones complejas (para un enfoque teórico, véase Carpentier, 2011). Por ejemplo, puede ser arduo definir conceptual o empíricamente el grado de integración de las personas «en los medios de comunicación» o, más ampliamente, en la sociedad «a través de los medios de comunicación», ya que los mundos mediático y social se entrelazan mucho más allá de sí mismos. La función mediadora de la primera nos lleva a estar vinculados a realidades sociales que van más allá de la inmediatez geográfica y temporal (el aquí y/o el ahora). La intensidad con la que las personas valoran su experiencia en los medios de comunicación en relación con la que les une, seguirá siendo una cuestión abierta, pero la visión que se dará de las motivaciones e intenciones de los participantes será indicativa de lo que perciben como esencial.

12 De manera más significativa, podemos preguntarnos qué es lo que importa en la llamada participación «política», sobre todo en una situación en la que la política está sufriendo, como hoy, importantes cambios como señalan muchos autores. Los ciudadanos jóvenes pueden tener la sensación de que el mundo político convencional no les atrae, pero esto no significa que se aparten de las cuestiones políticas. Aquellos que se involucran suelen buscar puntos de entrada a las cuestiones sociales, así como nuevas formas de práctica y expresión política, y es aquí donde la red es más relevante (Dahlgren, 2007; Olsson, Dahlgren, 2010; Bennett, 2007; Buckinghan, 2007). Su compromiso está motivado más por preocupaciones normativas personales (a menudo relacionadas con el desarrollo de su identidad) que por ideologías tradicionales, y su atención se centra en cuestiones específicas más que en problemas sociales más amplios. Si bien es cierto que existe el peligro de ceñirse a una visión demasiado limitada de la acción política, la contestación en este ámbito (Mouffe, 2005) puede surgir en cualquier momento y lugar y adoptar formas de expresión siempre nuevas.

13La cultura popular no es la última en hacerse eco de una dimensión política y tiende a solaparse con la escena política (véase Street, 1997; van Zoonen, 2006; Riegert, 2007). Puede expresar importantes valores democráticos a través de su accesibilidad y facilidad de uso, compromete la participación, abre fácilmente las puertas a comunidades simbólicas, a un mundo en el que uno va más allá de su pertenencia individual. En ocasiones, esto puede preparar la participación cívica ofreciendo lo que Joke Hermes (2005) denomina «ciudadanía cultural». En la red, la cultura popular se vuelve aún más participativa e interactiva porque ofrece temas y medios que fomentan el compromiso con muchas cuestiones como la forma de vivir y el tipo de sociedad que queremos. Dichos debates permiten discutir y elaborar diferentes tipos de posiciones asociadas a valores, normas e identidades que están siendo desafiadas en la turbulencia de nuestro entorno sociocultural posmoderno, incluso en momentos de conflicto actualizado donde es posible una distinción de identidades entre «nosotros» y «ellos». Resulta difícil trazar líneas de demarcación, pero conceptualmente puede decirse que este terreno se sitúa en un lugar que Bernard Miège (2010) denomina escena pública social, que distingue de la escena pública más oficial.

14Lo mismo ocurre con el periodismo, un campo cuyos límites se han vuelto menos claros. El mundo occidental está experimentando una «crisis del periodismo» a gran escala, un asunto que escapa a mi alcance aquí (aunque para una visión general de la situación en Estados Unidos, véanse los informes anuales disponibles en stateofthemedia.org). Me interesa el periodismo como campo en evolución y como terreno para la participación ciudadana, porque muchos ciudadanos ven el periodismo como su modo de participación. Lo que vemos emerger es un universo heterogéneo, formado en particular por la blogosfera, pero también por medios sociales como Facebook y Twitter, por producciones individuales y grupales, incluyendo acciones emprendidas por movimientos sociales y activistas de todo tipo: grupos políticos y religiosos, promotores de ciertos estilos de vida, de ciertas aficiones, y muchos otros casos. Se trata de un crisol periodístico extremadamente vivo y caótico de hechos y opiniones, debates, cotilleos, tonterías, desinformación, perspicacia, engaño, poesía, todo mezclado. A menudo difumina los límites tradicionales entre la vida pública y la privada, a veces con buenos resultados, a veces no tanto. Sin embargo, hay muchos aspectos democráticos alentadores en él, y el tono a veces ditirámbico de muchas conversaciones sobre el periodismo participativo está a menudo justificado.

Sin embargo, el sociólogo debe mantener la cabeza fría a la hora de estudiar estos desarrollos, ya que plantean muchas preguntas (véase Papacharissi, 2009; Rosenberry, Burston, 2010; Tunney, Monaghan, 2010). Así, gran parte del periodismo ciudadano opera en simbiosis con los medios de comunicación tradicionales, incluso cuando los comenta y desafía. En su estudio sobre el periodismo en la blogosfera, Vincent Campbell, Rachel Gibson, Barrie Gunter y Maria Touri (2010) descubrieron que los blogueros que no son periodistas profesionales rara vez producen información original. Más fundamentalmente, cuando los límites del periodismo se vuelven borrosos, las normas de su práctica y sus criterios de evaluación se vuelven a su vez peligrosos. Para el periodismo participativo -que a menudo se nutre más de las convicciones de la democracia ciudadana que de los valores profesionales tradicionales-, esto significa que puntos de referencia trillados como la veracidad, la transparencia, la imparcialidad y la responsabilidad se vuelven problemáticos. La clásica pregunta «¿en quién podemos confiar?» se plantea con mayor intensidad.

La cultura mediática parece alejarse aún más de los ideales plasmados en las representaciones tradicionales del espacio público racional, al tiempo que genera nuevas prácticas y modos de expresión que debemos tener en cuenta. Así es como Leah A. Lievrouw (2011: 214) describe acertadamente esta situación: «La cultura mediática en la era digital se ha vuelto más individual, escéptica, irónica, perecedera, idiosincrática, colaborativa y, casi increíblemente, diversa…». «. De hecho, lo que este autor recupera aquí forma parte de esas texturas definitivas que adquiere la situación posmoderna, donde se cruzan las corrientes de las relaciones de poder y sus particulares sensibilidades, así como sus tensiones estructurales. Es en este contexto histórico donde debemos entender la participación, la política y la ciudadanía mediática. Este análisis pone de manifiesto la interacción entre la asequibilidad de las tecnologías de la comunicación y las prácticas de uso. En esta interfaz, las personas adaptan, reinventan, reorganizan o reconstruyen las tecnologías de los medios de comunicación tanto como sea necesario para adaptarse a sus diferentes propósitos o intereses. A medida que innovan, los usuarios combinan técnicas antiguas y nuevas, o adaptan de forma diferente las combinaciones tecnológicas conocidas. Los nuevos medios son recombinantes, el resultado de una hibridación de tecnologías existentes con otras nuevas (Lievrouw, 2011: 216).

17Más concretamente, este enfoque nos permite entender la relevancia de las prácticas ciudadanas digitales en estos conjuntos participativos. De hecho, lo que la gente hace a través de la web se convierte en algo importante para la participación, y sus acciones están constantemente en lo nuevo. A su vez, estas prácticas generan una evolución progresiva de los espacios públicos. Las prácticas se establecen como el medio del que se puede extraer una nueva participación. Aunque la vertiente estricta de la teoría discursiva habermasiana se margina con frecuencia, se puede argumentar que estos desarrollos producen modos de comunicación contemporáneos que están más en sintonía con los temperamentos culturales en boga y, por tanto, facilitan la expresión y la formación de la opinión pública. Sin embargo, a estos supuestos se añade, sin duda, lo que podría llamarse una «volatilidad comunicativa» que encierra tantas promesas como escollos.

Redes, cámaras de eco y soláriums

18Aquí, cambiando el enfoque, podemos decir que la participación política, como fenómeno colectivo y no puramente individual, requiere de redes sociales y contribuye a la vitalidad del espacio público. En las ciencias sociales, la idea de las redes sociales no es nueva; ha sido objeto de muchas investigaciones en las últimas décadas. En el contexto de Internet, desde los años 90, los trabajos de Manuel Castells (2000) han desempeñado, por supuesto, un papel importante (véase también Cardosa, 2006). Sostiene que el «espacio de los flujos» de la emergente sociedad en red sustituye a la organización espacial que daba forma a nuestra experiencia, el «espacio de los lugares», y que esta lógica se refleja en muchos sectores, incluida la arquitectura urbana. Internet es, por supuesto, la parte más emblemática de esta evolución. El lugar como tal no ha sido erradicado, y seguimos viviendo nuestras vidas en relación con lugares geográficos concretos. Pero la funcionalidad de las relaciones sociales basadas y mediadas por las redes es cada vez más central. En su reciente obra, Manuel Castells (2010) propone una renovación del concepto, sobre todo teniendo en cuenta su mayor aprovechamiento de la literatura científica procedente de los estudios sobre medios y comunicación.

Las redes se caracterizan a menudo por el lado libre de los lazos sociales, relativamente fáciles de crear y que se entienden con límites definidos en términos de obligación. Este tipo de vinculación es una ventaja para la cultura democrática, ya que reproduce las relaciones entre los ciudadanos en el espacio público, es decir, la cooperación basada en la confianza dentro de los objetivos comunes, pero sin los requisitos de las relaciones primarias. La idea de las redes como morfología social dominante está ganando terreno como perspectiva útil para entender el mundo moderno, y es importante destacar las ventajas sociales de las redes. Evitan las desventajas creadas por el aislamiento, promueven el desarrollo social (y político), dan forma a las identidades colectivas e inspiran y permiten el desarrollo de alternativas. Nancy K. Baym (2010) ofrece un análisis detallado de cómo los medios digitales -a través de su influencia y capacidad interactiva, las modalidades de sus señales sociales, su estructura temporal, su movilidad y otras características- contribuyen a facilitar las relaciones sociales. Esto es un rasgo significativo en sí mismo, pero también señalaría que esta lubricación de lo social es también esencial para que lo político aparezca en las redes sociales. En resumen, podría decirse que los medios digitales fomentan un sentido de autonomía a nivel subjetivo, un mayor sentido de la responsabilidad en la comunicación horizontal en red.

20Sin embargo, esta lógica es cuestionada en al menos dos frentes. Para empezar, está esa noción familiar de las cámaras de eco, y luego está lo que yo llamo «esferas solitarias». Desde el principio, los comentaristas desarrollaron el término «cámaras de eco» para referirse a la tendencia de las personas a agruparse en redes por comunidades de opinión. Se trata de un patrón de comportamiento humano comprensible: las personas evitan los conflictos y refuerzan sus visiones del mundo y sus valores. Esto tiene sentido a nivel social. Pero si trasladamos esta tendencia al contexto de las redes, vemos un peligro para la democracia, porque estos miniespacios públicos tienden a aislar a sus miembros de las grandes corrientes de debate que animan el campo sociopolítico. Además, reducen la experiencia de sus participantes a un nivel limitado de confrontación con otros puntos de vista, así como su competencia para participar en conflictos de ideas. La dimensión del diálogo en el espacio público se ve disminuida cuando los grupos políticos se lanzan invectivas unos a otros, sin entablar nunca un debate ni desarrollar una capacidad de deliberación cívica. Esta evolución se ve reforzada por las redes sociales, en las que la lógica absoluta es el «me gusta»: en otras palabras, hacemos clic por personas que nos «gustan», es decir, que son como nosotros mismos. Las diferencias se exfiltran, un fenómeno que perjudica tanto a la inteligencia como a la democracia en su funcionamiento, construida para la resolución de conflictos a través de la discusión.

21Utilizo el término solosfera para describir un proceso individualizado de compromiso político en la red. En el mundo posmoderno, hay una gran cantidad de presentaciones personales en línea, un «trabajo de identidad» que induce a la visibilidad personal, a la autopromoción y a la revelación del pequeño yo. Esto tiene una serie de ventajas, pero también plantea problemas. Los medios sociales como Facebook se han convertido en sitios altamente interactivos que no necesariamente buscan reunirse fuera de la red, un patrón que comienza a sentirse en la participación política. A largo plazo, es necesario que haya conexiones entre las experiencias online y offline. Zizi Papacharissi (2010) afirma que, aunque los ciudadanos alfabetizados digitalmente están ciertamente más informados y son más críticos en muchos aspectos, sin embargo, están cada vez más alejados de los hábitos colectivos, sociales y cívicos del pasado.

22Es por ello que hoy en día gran parte de los comportamientos cívicos tienen su origen en los círculos privados, y sugiere que este fenómeno da lugar a nuevos «dialectos ciudadanos». Se puede pensar en las soloesferas como un hábito históricamente nuevo de participación en línea, otro modo de responsabilidad cívica. Desde sus compartimentos en red, a menudo móviles, en su espacio personalizado, el individuo participa en una amplia gama de entornos en el mundo exterior. En cierto sentido, este fenómeno puede señalar un repliegue hacia un entorno que la mayoría de la gente siente que controla más. Surge una socialidad «en red» pero privada. En la medida en que esto sería cierto, puede ser comprensible al tiempo que introduce una urgencia históricamente nueva hacia la participación, que a su vez puede prefigurar una forma históricamente nueva del sistema democrático.

Conclusión

La pregunta aparentemente directa de si la web facilita la participación entre los ciudadanos y cómo lo hace no suscita una respuesta inequívoca, queda una ambigüedad. A este nivel, no hay una relación directa de «causa y efecto», los que creen que «la red salvará la democracia» son pocos. Sin embargo, si la investigación ha sido cautelosa en general, en el sentido de que no se han ofrecido bonitas soluciones tecnológicas para las dificultades de la democracia, sin embargo ha seguido subrayando la idea de que Internet puede marcar la diferencia. Al contribuir a las transformaciones masivas de la sociedad contemporánea a todos los niveles, también ha cambiado drásticamente la ubicación y la infraestructura del espacio público de varias maneras. Ha hecho accesibles inmensas masas de información, ha fomentado la descentralización y la diversidad, ha facilitado la comunicación interactiva e individual y ha impulsado nuevas prácticas cívicas, al tiempo que ha proporcionado, entre otras cosas, un espacio prácticamente ilimitado para la comunicación cívica a cualquiera que lo desee. Al hacerlo, el entorno web ha redefinido los lugares y el carácter de la comunicación política. Parece justificado albergar modestas esperanzas.

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