«Decidir no es el papel de los científicos»

Ante los peligros engendrados por la pandemia, todas las miradas se dirigen a los científicos: las del público en general pero también las de los poderes políticos, que se apoyan en sus conocimientos para justificar sus acciones y decisiones. ¿Qué imagen de la investigación puede transmitir esta situación? La confianza quizás nunca ha sido tan alta, y probablemente sea demasiado alta. La ciencia se considera todopoderosa y sus representantes son los únicos capaces de sacarnos de la crisis sanitaria. Algunos políticos, en cambio, parecen casi impotentes. Parecen delegar la responsabilidad en «los que saben», entre comillas, o sostener soluciones supuestamente objetivas. Para personas que han dedicado toda su vida a la investigación, este reconocimiento es conmovedor. Pero plantea al menos tres problemas.

En primer lugar, los científicos no son médicos, ni siquiera en disciplinas como la virología o la epidemiología. Estudian cuestiones relativamente abstractas y a largo plazo, mientras que los médicos están más en la acción y se enfrentan sobre todo a cuestiones de vida o muerte, la inmediatez del dolor, la ansiedad y los riesgos, así como las diferencias sociales o culturales en las relaciones y comportamientos humanos -un chino no es un europeo…

Estamos en una democracia y, al final, es el político quien debe tomar las decisiones y responsabilizarse de ellas dentro del marco institucional. Este no es el papel de los científicos (…).

Por otra parte, los científicos no son necesariamente unánimes. Debaten y pueden estar en polémicas y competiciones que no son del todo científicas. Es natural que los políticos y el público en general traten de tranquilizarse imaginando que la unanimidad existe y puede guiarnos hacia una salida de la crisis, pero es más complicado que eso. Por último, estamos en una democracia y, al final, sigue correspondiendo a los políticos tomar decisiones y asumir la responsabilidad de las mismas dentro del marco institucional. Este no es el papel de los científicos, aunque sea muy difícil para los políticos.

¿Podrían los investigadores pagar paradójicamente el precio de esta crisis sanitaria?
D.W.: El riesgo de que el público se sienta decepcionado es real. Los científicos, al igual que los médicos, no pueden predecir con exactitud lo que ocurrirá, ni decretar categóricamente lo que debe hacerse. Habrá errores, fallos, evaluaciones que parecerán torpes en retrospectiva… La confianza de los ciudadanos podría fracturarse. La confianza de los ciudadanos podría fracturarse. Ya podemos ver cómo se resquebraja y a veces se aglomera con las críticas a las que son sometidos regularmente los políticos. Los movimientos de oposición y una parte de la opinión pública exigen constantemente más transparencia. En particular, piden más información sobre la composición y las opiniones del consejo científico que apoya al gobierno. Este ideal de transparencia total es una inclinación natural en las sociedades democráticas. Pero también es un mito con efectos perversos.

Habrá errores, fallos, evaluaciones que parecerán torpes en retrospectiva… La confianza del público podría fracturarse.

En este caso, hay pocas posibilidades de que la transparencia arroje una luz más objetiva sobre la realidad de lo que los científicos, los profesionales de la salud, los políticos y el público que no siempre son santos. Al cabo de un tiempo, esta exigencia de transparencia se convierte en una ilusión de control total de la realidad, o incluso en voyeurismo. La confianza no es sinónimo de más y más transparencia. En la práctica, una comunicación de crisis -ya sea de los políticos o de los medios de comunicación tradicionales- tiende a seguir un patrón de «pregunta-respuesta».

Lo podemos ver claramente en las redes o en los canales de noticias continuas, por ejemplo: los periodistas y los políticos tratan de aportar elementos fácticos y objetivos, supuestamente apoyados en la ciencia, a un público que se cuestiona y a veces está ansioso. Esto es tranquilizador… Y sin embargo tiene poco que ver con un enfoque científico, que generalmente no es tan categórico. En cuanto a la idea de «comunicación de crisis», seguramente habrá que volver sobre ella y ver en qué condiciones sería realmente transponible de una crisis a otra…

¿Podrían alinearse mejor los discursos científicos, políticos y mediáticos?
D.W.: Hay que empezar por admitir que existe necesariamente lo que yo llamo «incomunicación» entre estas diferentes lógicas. Esto es lo que yo llamo el conflicto de legitimidades. Nunca nos entendemos del todo, y afortunadamente es así. Observamos las mismas realidades, pero no las vemos de la misma manera. Los científicos tienden a dudar, cuestionar y matizar las cosas. Los periodistas son algo parecido a sus primos hermanos, pero siguen estando llamados a responder más directamente a las preguntas del público, proporcionando una información lo más objetiva posible. Los políticos, finalmente, tienen la obligación, después de un tiempo, de tomar decisiones y actuar. Estos puntos de vista pueden ser complementarios o contradictorios.

Nuestras discrepancias y diferencias de apreciación son un motor para nuestras sociedades.

Esta es la genialidad de la sociedad y de la democracia: poder hacer convivir pacíficamente estas incomunicaciones. Esto es también lo que nos hace seguir adelante: si todos dijéramos lo mismo, si todos tuviéramos el mismo punto de vista, estaríamos «en un bucle». Nuestros desacuerdos y diferencias de opinión son un motor para nuestras sociedades.

¿Es necesario este pluralismo también dentro de las ciencias?
D.W.: Las soluciones no emanarán exclusivamente de las disciplinas adscritas a la biología o la medicina. Una crisis es también un acontecimiento humano, social y cultural: la gente morirá, tendrá miedo, se apoyará, se ayudará, discutirá; Europa y la globalización serán alabadas o, por el contrario, cuestionadas… La fuerza de Europa, recordémoslo, es que es un espacio político abierto en el que pueden confrontarse diferentes visiones de la sociedad, la política y el hombre. En esta crisis, no hay un punto de vista europeo, pero la cooperación y la negociación europea son continuas.

Bref, también necesitaremos las ciencias humanas, políticas, antropológicas para entender lo que ha pasado durante esta crisis. Pero para ello es importante que hoy no demos la ilusión de unanimidad. Sugerir que todo el mundo está de acuerdo o sostiene una verdad científica es correr el riesgo de alimentar la decepción, las críticas agudas y también las teorías conspirativas dentro de seis meses, cuando la crisis haya quedado atrás. Paradójicamente, cuanta más información y libertad de información haya, más numerosas y catastróficas serán las teorías conspirativas. Por desgracia, no existe una relación directa entre el volumen de información en circulación y la confianza, y la verdad. La comunicación no es más fácil en un mundo saturado de información… ♦

Notas

  • 1. Director de investigación en el CNRS, director de la revista internacional Hermès (CNRS Éditions). Publicará en primavera Vive l’incommunication. La victoire de l’Europe (François Bourin éditeur).

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