En la Canoa (Routhier)/La Vache-Caille y el Rápido de Gervais

O. Fréchette, editor, 1881 (pp. 169-181).

XIII

La Vaca-Codorniz y el Rapide Gervais.

La Vaca-Codorniz es a la vez una cascada y un rápido, admirable en su entorno, proporciones y movimiento. Está formado por el encuentro de la Gran y la Pequeña Descarga, en el extremo suroeste de la isla de Alma.

La Gran Descarga al llegar a ella se precipita con un estruendo ensordecedor por una especie de escalera de rocas, y es tal el desorden con el que chocan y se rompen entre sí sus olas presas del pánico, que en el fondo de la caída su enorme volumen de agua se reduce por completo a espuma y casi a vapor.

Pero hay una especie de desembarco en el que la espuma vuelve a ser agua corriente, y de repente se reúne en el mismo lecho que los arroyos más tranquilos de la Pequeña Descarga. Es entonces cuando se produce un fenómeno singular.

Esta especie de rellano de piedra que termina la escalera de la Gran Descarga interrumpe las olas en plena caída, y las de la Pequeña Descarga que vienen a unirse a ellas, el rellano ya no es suficiente para el flujo. Se produce así una prodigiosa hinchazón en el borde mismo del rellano, y comienza la lucha entre las olas de las dos Descargas para ver quién pasa primero.

Pero la masa de agua que cae como una avalancha de la Gran Descarga, es con mucho la más considerable, y como la Fuerza es en el orden físico la gran ley de este mundo, la Pequeña Descarga se ve obligada a retroceder, y, asombrosamente, la corriente vuelve a subir a una distancia de algunas hectáreas.

Nada tan extraño e interesante como esta carrera elíptica de los arroyos de la Pequeña Descarga, que llegan saltando hasta el borde de la plataforma, y justo cuando están a punto de precipitarse hacia abajo se detienen de repente por lo que el lugar está invadido. Después de intercambiar algunos golpes con las olas de la Gran Descarga, pronto comprueban que son los más débiles, y volviéndose hacia la derecha parecen decir a sus adversarios: ¡salten primero, señores!

Entonces suben con bastante brío, y vuelven un momento después, todavía alerta; pero en cada vuelta siempre hay sólo unos pocos que consiguen saltar, y son los más listos los que se cuelan entre los enemigos. Pues la Gran Descarga abusa de su fuerza, y sus turbulentas corrientes invaden todo el espacio como hordas de cosacos.

Nuestro asombro es mayúsculo cuando, al llegar al lugar donde suponemos que se va a sentir el tirón del rápido, nos vemos repentinamente detenidos por la corriente ascendente. Sólo a fuerza de remos seguimos avanzando lentamente, y ponemos el pie en el suelo.

Patrick sale a la orilla, se sube a un montón de rocas y con su mirada penetrante inspecciona el horizonte. Examina la superficie del líquido y sus monstruosos forúnculos. Cuenta los arrecifes y los abismos, sigue las corrientes, y por el mero aspecto del agua mide su profundidad.

Para este erudito analfabeto, que nunca ha estudiado hidráulica, la parte superior revela el fondo, y si supiera manejar el lápiz tan bien como el remo, estoy seguro de que podría hacer un dibujo perfectamente preciso del lecho del río por la mera inspección de la fisonomía exterior del agua.

Cuando lo ha examinado todo y se ha decidido por el rumbo a seguir, vuelve con nosotros y nos dice:

Podríamos saltar este rápido todos juntos en toda su longitud, pero en los primeros remolinos, que son violentos, las canoas cogerían mucha agua. Será mejor para ustedes, caballeros, caminar unos pasos. Cruzaremos solos la primera caída, y os llevaremos de vuelta, aquí junto a esta gran roca.

Cumplimos el programa, y mientras caminamos por los guijarros de la orilla vemos cómo lo hacen nuestros piragüistas.

Tienen infinitas dificultades para triunfar sobre la corriente en retroceso que he señalado más arriba. Pero por fin llegan al borde de la plataforma que precede al derrumbe, y de repente, como globos cautivos cuyas ataduras se rompen, las canoas toman impulso. Se deslizan por un abismo como trineos por una colina nevada, y parece que se van a hundir bajo el agua. Pero no, se alzan orgullosos y se elevan hasta la cima de las grandes ondulaciones, como pájaros a punto de emprender el vuelo.

En un abrir y cerrar de ojos están en el punto señalado, donde les saludamos con prolongados vítores, y nos embarcamos.

Un solo golpe de remo nos devuelve al medio de la corriente, y entonces estamos en una frenética carrera. Ya no es un río el que nos arrastra, es un río, pero un río que corre como un torrente, una enorme masa de agua que se precipita, salta, se encabrita como un corcel, cae con estruendo en profundos sótanos, y vuelve a brotar en chorros de espuma.

Mil obstáculos se interponen ante las asustadas olas, pero éstas las saltan con un aullido, y nada las detiene.

Aquí y allá hay espantosos callejones sin salida, abismos llenos de atracción, formidables torniquetes, peligrosos escollos, y la emoción nos impide respirar; pero cada nuevo peligro es un nuevo triunfo, y nuestros pechos en expansión no pueden por fin contener los gritos de entusiasmo y alegría.

El Saguenay ha saltado tanto, ha rugido tanto, ha vencido tantos obstáculos, que por fin descansa. Pero no se duerme: sigue corriendo, y su carrera sólo se tranquiliza cuando nada se le resiste.

Navegamos así durante varias millas por una serie de paisajes constantemente variados.

Pero hemos adquirido el gusto por los peligrosos rápidos y las emociones que provocan. No en vano somos franceses e hijos de franceses: una pequeña revolución, es decir, una rápida, sería un agradable pasatiempo para nosotros.

A pesar de la belleza, la grandeza y la variedad de las escenas que se despliegan ante nuestros ojos, esta apacible navegación se convertirá, pues, en monótona, y echaremos de menos los rugidos del Vache-Caille, cuando oigamos otros similares.

Nuestros corazones palpitan, y pronto vemos a lo lejos, ante nosotros, un súbito hundimiento de la llanura líquida y un espantoso tumulto de las olas. Es el rápido Gervais. Seguimos avanzando con la corriente, que cada vez es más brava, pero los piragüistas reman poco, tomando aire y reservando fuerzas.

Pronto Patrick se levanta de pie en la proa, y busca el camino por delante. Luego, indicando con la mano un recodo del rápido, se sienta de nuevo, diciendo unas palabras alocadas a los remeros, y los remos trabajan, a veces hacia un lado, a veces hacia el otro, para hacer los desvíos necesarios, y a veces incluso en dirección contraria para moderar nuestro rumbo.

Pues se trata de seguir exactamente la línea quebrada que indican los movimientos y las palabras de Patrick. No hablamos, y sólo unos pocos kaiakoa (tengamos cuidado) de los salvajes rompen el silencio de la orilla. Pero a nuestro alrededor ¡qué ruido! ¡qué estruendo! ¡qué remolino!»

¡La movilidad sincrónica que del agua que fluye sobre un lecho atormentado manifiesta las mismas convulsiones que si fuera levantada por la tormenta!

Las corrientes se desatan, y el movimiento aumenta su poder. ¡Se encuentran, luchan, y las olas que arrastran se tensan, chocan, giran sobre sí mismas y describen espirales que dibujan como gargantas profundas todos los objetos que pasan por la superficie.

A veces son ondulaciones desiguales llenas de asperezas, crestas soberbias coronadas de garzas blancas, aspas angustiadas que se rompen en millones de gotas que se disparan como chispas!¡

A veces son choques de marejadas y contramarchas, bocanadas de olas irritadas que nos saltan a la cara, abismos profundos que rugen a nuestro lado, y que nos tragarían a la menor desviación, o por un golpe de remo fallido!

Pero nuestros valientes montañeses conocen su oficio, y bajo el esfuerzo de sus remos las olas violentas y convulsas, pero domadas, nos zarandean, nos sacuden y nos llevan con la velocidad de una locomotora.

Fue después de saltar este Rapide Gervais cuando el asombrado Comte de Foucault exclamó, hablando de nuestros piragüistas: ¡son dioses!

Desde entonces me he enterado de que nadie había saltado este rápido en toda su longitud, como hicimos nosotros, y que incluso saltando sólo una parte de él un valiente canadiense y su esposa se habían ahogado miserablemente.

Al pie del Rapide Gervais el Saguenay se profundiza y frena su curso. Tras una ligera desviación, se abre de repente ante nosotros como un profundo y recto desfiladero. Las orillas montañosas se alzan como murallas ciclópeas, coronadas de oscuro verdor.

Nuestras canoas se acercan y se deslizan a la par con un movimiento uniforme, como dos centinelas que avanzan a zancadas por una trinchera.

Una familia entera de patos huye ante nosotros y les damos caza. El Conde dispara a varios de ellos con una alegría llena de emoción que no puede contener.

A las dos de la tarde aproximadamente. tomamos tierra en el molino del Grand-Remous.

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