La crisis de la masculinidad o, ¿los hombres siguen en crisis? – Comité de Solidaridad Trois-Rivières

No es nuevo que se acuse a las mujeres de «reclamar demasiado», que se les diga que ya tienen suficientes derechos, que la igualdad de facto se ha conseguido y que la lucha feminista es en realidad sólo una mascarada para conseguir la supremacía femenina. Tampoco es nuevo que se intente reafirmar la identidad femenina basada en tipos de comportamiento y principios de valor como la dulzura, la tolerancia, la devoción, la compasión y, sobre todo, la dependencia del hombre.

O bien, cuando las mujeres o grupos de mujeres se niegan a ajustarse a las normas de vida impuestas, escuchamos al mismo tiempo la reacción de los hombres que entonces dicen que están «sufriendo» hacia su identidad como hombres y de hecho, su razón de ser. Es lo que llamamos la «crisis de la masculinidad» o más bien el «discurso de la crisis», ya que Francis Dupuis-Déri insiste en que es un «discurso y no una realidad». En el siguiente texto observaremos cómo un simple discurso de crisis puede tener un efecto impresionante en una sociedad.

Una crisis que viene de lejos

Se sabe que, ya en la época de los romanos, las mujeres y los grupos femeninos han librado una lucha contra el orden establecido y han exigido la igualdad.

Por ejemplo, en 195 a.C.C., un político y escritor romano llamado Catón el Viejo escribió: «las mujeres se han vuelto tan poderosas que nuestra independencia se ve comprometida incluso dentro de nuestros hogares, ridiculizada y pisoteada en público». Reaccionaba ante un grupo de mujeres romanas que se movilizaban contra una ley que les prohibía conducir carros y llevar ropas vistosas.

Parece importante señalar que en la sociedad romana los derechos de las mujeres se limitaban a los confines del hogar, es decir, al ámbito privado. Dicho esto, los discursos sobre una «crisis de la masculinidad» son tanto más vivos en las sociedades y épocas en las que las mujeres son relegadas a los rangos más bajos de los subordinados, y esto cuando no están simplemente excluidas de todos los sectores de actividad. A lo largo de estas épocas, los hombres reaccionan ante las mujeres que rechazan este estatus inferior. Afirman estar en «crisis» y «sufrir» para legitimar cualquier acción encaminada a revalorizar los comportamientos relacionados con la identidad del hombre -heterosexual, activo, agresivo, competitivo y posiblemente violento- y desacreditar cualquier intento de emancipación femenina.

Efectos del discurso de la crisis

Los síntomas de esta crisis, que se dice que azota a las sociedades excesivamente feminizadas, son las dificultades académicas de los chicos, la incapacidad de los hombres para tener citas, la negativa de los tribunales a conceder la custodia de los hijos a los padres y también, los suicidios masculinos. En este sentido, parece importante cuestionar el impacto de dicho discurso en la definición de la identidad masculina y en la posible cooperación entre los géneros para avanzar en el proyecto de igualdad de género. Así, Francis Dupuis-Déri afirma que el hecho de que se trate de un simple discurso de crisis no significa que no tenga efectos sobre la realidad. De hecho, el discurso de la crisis ha sido utilizado a menudo por los especialistas en comunicación -los portadores de ideologías- para movilizar a la gente en su beneficio. De este modo, se puede dar menos importancia a los problemas sociales graves que a los falsos o menores. Esta maniobra política de apelar a la «crisis» para propiciar intervenciones en este sentido sirve a intereses muy concretos por parte de quienes propagan esta sensación de urgencia.

Por ejemplo, en la década de los ochenta en la URSS se pusieron en marcha una serie de recursos para los hombres soviéticos a raíz de la publicación de un artículo sobre la aparición de ciertos síntomas de crisis: tabaquismo, alcoholismo, «feminización e infantilización» en la sociedad. Tras la caída del régimen soviético, incluso se fundó una Escuela de Masculinidad para enseñar a los jóvenes a convertirse en «hombres».

Declarar que hay una crisis puede servir como un poderoso agente movilizador para que los organismos políticos y sociales desarrollen una serie de recursos, agrupaciones, proyectos de investigación y posturas para favorecer a los hombres. Los sociólogos y antropólogos afirman que el discurso de la crisis es el de la dominación y «un estado de crisis surge cada vez que se desafía una dominación».

Según la antropóloga Melanie Gourarier, el discurso de crisis produce tres grandes consecuencias en una sociedad: «1) insiste en la división de la sociedad en dos clases de género, los hombres y las mujeres; 2) especifica los criterios de pertenencia a estas dos clases recordando las cualidades masculinas y los defectos femeninos (define lo que es o debe ser un hombre, uno de verdad); 3) llama a la movilización para (re)afirmar esta masculinidad a través de los privilegios y el poder de la clase masculina, que se considera intrínsecamente superior y cuya supremacía hay que restablecer, proteger y mantener.» Según esta tesis, el discurso de la crisis seguiría así una lógica supremacista según la cual lo que define al hombre es superior a lo que define a la mujer, pero también que estas divisiones deben permanecer puras y protegidas de la hibridación.

El concepto de «crisis de la masculinidad» aparece así como un movimiento reaccionario contra la perspectiva de un cambio global, a saber, una equiparación de los roles de género, que, según el punto de vista de los que siempre han estado en una posición de poder, sólo puede percibirse como una pérdida de sus privilegios y un ataque a la forma de vida que ha sido dictada por ellos.

Más que la cuestión de la «crisis de la masculinidad», ahora parece ineludible cuestionar la noción misma de «masculinidad», un concepto que es a la vez elástico y variable según la época y la cultura, pero que, utilizado como instrumento de propaganda, sirve a los poderosos para mantener el statu quo de las relaciones de género, jerarquizadas a favor de los hombres.

Virginie Poyetton, «Les hommes vont mal. Ah bon?», Le courrier, 18 de marzo de 2005.

Francis Dupuis-Déri, La crise de la masculinité; Autopsie d’un mythe tenace tenace, Montreal, 2018 p.44.

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