Los implantes cerebrales deElon Musk, ¿ciencia o ciencia ficción?

Elon Musk tiene una nueva idea en mente. El empresario en serie estadounidense, jefe de Tesla y Space X, quiere conectar nuestras neuronas a los ordenadores. El martes 16 de julio presentó el implante desarrollado por Neuralink, otra de sus start-ups, que quiere empezar a probar en seres humanos ya en 2020.

Según cuenta el empresario, su proyecto mejoraría el día a día de millones de pacientes con trastornos cognitivos o discapacidades físicas, y podría, en un futuro ideal, reconciliar a los humanos con la inteligencia artificial. La IA sigue siendo, de hecho, la bête noire de Elon Musk, que considera la esclavización de los seres humanos a los algoritmos como una «amenaza existencial» para la civilización.

Del electroencefalograma al implante en el córtex

Esta descripción de un futuro en el que hombre y máquina avanzarían de la mano y el cerebro en la matriz puede parecer futurista. Pero «los neurofisiólogos no han esperado a Neuralink para hacer una estimulación cerebral profunda con fines terapéuticos», asegura Camille Jeunet, especialista en interfaces cerebro-máquina en el CLLE (Cognición, Lenguaje, Lengua, Ergonomía) de la Universidad de Toulouse, contactado por France 24.

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Los sensores conectados a electrodos que miden y/o estimulan la actividad de las neuronas se utilizan desde hace décadas en humanos. El método más conocido es el EEG, o electroencefalograma, que suele consistir en aplicar al cráneo una especie de gorro revestido con decenas de electrodos. «Es el menos invasivo porque no requiere cirugía, lo que hace que sea el procedimiento más popular», explica Camille Jeunet. Como el electroencefalograma cubre todo el cráneo, puede medir la actividad de millones de neuronas (hay más de 50.000 millones en el cerebro), pero es el método menos preciso. Se utiliza principalmente para detectar signos neurológicos de ciertas enfermedades como la epilepsia o para confirmar la muerte cerebral.

La EcoG (electrocorticografía) es más precisa… y más invasiva. Consiste en colocar electrodos bajo el cráneo para medir la actividad de una zona del cerebro. Es un procedimiento que también se utiliza en la epilepsia, pero los científicos también han ideado aplicaciones más creativas. En enero de 2018, investigadores de la Universidad de California (EE UU) utilizaron el EcoG para seguir la trayectoria de un pensamiento.

Pero ambos procedimientos solo miden la actividad de las neuronas. Elon Musk también quiere estimularlas. Para ello, no tiene más remedio que implantar electrodos directamente en el córtex, lo más cerca posible de las neuronas. «Es el método más invasivo, pero como cada electrodo se interesa por unas pocas neuronas, nos permite tener señales muy precisas de sus actividades», detalla Camille Jeunet.

La exigencia de realizar un agujero en el cráneo hasta llegar al cerebro hace que «sea el procedimiento más difícil de justificar éticamente, por lo que sólo puede utilizarse en casos terapéuticos muy concretos», señala el investigador francés. En este caso, estos implantes, que se utilizan desde la década de 1980, se emplean principalmente para tratar los síntomas de la enfermedad de Parkinson y el temblor esencial (temblor incontrolado de una o más extremidades durante el movimiento). Mediante la estimulación de neuronas específicas, los pacientes pueden recuperar cierto control sobre sus extremidades. Más de 100.000 personas con Parkinson en todo el mundo tienen un implante de este tipo, según datos de la Asociación Británica de Neurociencia.

¿Qué es «descargar» un nuevo lenguaje?

Así que Elon Musk no ha inventado nada (todavía) para estas enfermedades específicas. ¿Pero qué pasa con los otros ejemplos que citó, como la depresión, el Alzheimer o incluso la tetraplejia? También en este caso, la investigación no sólo se realiza en Neuralink. Por ejemplo, en 2017, un implante cerebral ayudó a una mujer a recuperar el uso parcial de un brazo tras sufrir un ictus. Un ensayo clínico realizado en 2018 en Estados Unidos permitió a tres pacientes tetrapléjicos navegar por la web, o consultar el correo electrónico en una tableta con pantalla táctil mediante un implante intracortical. El dispositivo descodificaba las señales neuronales asociadas a la intención de movimiento y luego las transfería a un ratón virtual instalado en la tableta y vinculado al sensor por Bluetooth.

Otras predicciones de Elon Musk, en cambio, parecen mucho más futuristas. La capacidad de aprender un nuevo idioma, por ejemplo, no parece muy creíble, según Camille Jeunet. Elon Musk afirma que interpretando las señales cerebrales de un hablante de alemán, por ejemplo, sería posible «descargar» el idioma en el cerebro de otra persona. «Presenta la interpretación de las señales enviadas por las neuronas como algo muy simple, cuando no es así en absoluto», explica. Nos recuerda que «el cerebro funciona en red», y que el hecho de que haya actividad en un lugar no significa que podamos entender el funcionamiento completo de una acción… y mucho menos replicarla.

También hay muy pocas posibilidades de que Neuralink pueda empezar a utilizar cobayas humanas tan pronto como en 2020. «Incluso con las habilidades interpersonales de un Elon Musk, no creo que el protocolo para los ensayos clínicos pueda ser validado por las autoridades estadounidenses en menos de un año», opina el investigador.

¿Financiación sinónimo de innovación?

A pesar de estos inconvenientes, Camille Jeunet acoge con entusiasmo la entrada del empresario en serie en el terreno de la interfaz cerebro-máquina. «La financiación de la investigación sobre implantes intracorticales es escasa porque este procedimiento aún concierne a muy poca gente, y la llegada de un empresario con los recursos de Elon Musk solo puede ser beneficiosa para la innovación», asegura.

Este experto espera, en concreto, que el trabajo de Neuralink permita gestionar mejor la frecuencia de los estímulos eléctricos enviados a las neuronas. «Actualmente estimulamos sin parar, y a fuerza el cerebro se acostumbra, reduciendo la eficacia del implante. Uno de los retos es saber cuándo estimular para evitar este fenómeno de habituación», señala Camille Jeunet.

Estos nuevos implantes también podrían ser más resistentes y autónomos que la generación actual. De momento, hay que cambiarlos al cabo de unos años, lo que significa que tienen que volver a pasar por la mesa de operaciones. También se podría mejorar el procedimiento quirúrgico para reducir el riesgo de infección al colocar el implante.

Tantos avances potenciales que no están directamente relacionados con las aplicaciones terapéuticas de la estimulación cerebral profunda. Pero estas mejoras, según Camille Jeunet, harían más aceptable el uso de implantes para el público en general. Este es un punto esencial para un procedimiento tan invasivo: «Todo es cuestión de la relación riesgo-beneficio», señala el experto francés. Si el riesgo es alto, el beneficio también debe serlo. Pero si conseguimos rebajar los peligros, el uso de los implantes dejaría de estar reservado a casos muy concretos, como la enfermedad de Parkinson y los trastornos cognitivos graves.

En este caso, los implantes podrían «utilizarse para hacer investigaciones fundamentales sobre el funcionamiento del cerebro», espera Camille Jeunet. Porque el cerebro sigue siendo uno de los grandes misterios del cuerpo humano.

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