Música alternativa o marketing pintoresco

Ofrezco aquí una reflexión sobre los efectos del dinero en los contenidos musicales y en la relación de los artistas con el público. Parodia de La voz de su amo, de RCA Victor.liberation.fr Propongo aquí una reflexión sobre los efectos del dinero en el contenido musical y en la relación de los artistas con el público. Parodia de la voz de su amo, de RCA Victor.liberation.fr

Propongo aquí una reflexión sobre los efectos del dinero en el contenido musical y en la relación de los artistas con el público. Parodia de la voz de su amo, por RCA Victor.liberation.fr

La música es una industria lucrativa. Bueno, lucrativo para un puñado de grandes empresas, para los distribuidores, para los comerciantes de discos. En una economía de mercado, la creación debe ser una industria y seguir las leyes productivistas del mercado. Los artistas tienen que caminar en la cuerda floja. Tener el alma extra que se requiere para participar en la «cultura», a la vez que se satisfacen las exigencias del mercado.

Propongo aquí una reflexión sobre los efectos del dinero en los contenidos musicales y en la relación de los artistas con el público, a la vez que intento imaginar nuevos modelos de interacción, creación y difusión que harían de la música algo más vivo, la convertirían en un arte que invita a la curiosidad, a compartir y al respeto por el otro.

La música es la imagen impactante de una época, de un pueblo, de sus miedos, de sus gustos. La música nos dice lo que buscamos en nuestros momentos de abandono. El bajista Ron Carter dijo una vez que «una revolución musical siempre llega antes que un cambio social». Pues bien, si queremos que las cosas cambien, vamos a tener que agitar un poco nuestra jaula.

La estrategia alternativa:un poco de historia

A principios de 1990. El mundo se está volviendo loco por la «música alternativa». En Quebec, pronto se denominó «música emergente». Al mismo tiempo, el grunge autodestructivo de Nirvana era el éxito del momento, la llamada música «alternativa» que llegó a ser número uno en los beneficios de las majors, la música abusada, instrumentalizada por el dinero. Con su egocentrismo, su individualismo, pensamos que esta música iba a poner el clavo en el ataúd de su antecesor punk, claramente demasiado centrado en las revueltas colectivas. Como niño de la generación del casete, me codeé con el punk, la no wave y una proliferación de pequeños y alocados sellos independientes que cayeron como moscas con el paso al CD y a la música alternativa.

Entonces vivimos una de las grandes revoluciones del mercado cultural: los anunciantes se habían dado cuenta, por fin, de que basta con apropiarse de un concepto para poder vender su exacto opuesto.

Así que, a partir de esta nueva nomenclatura, la industria musical tenía claramente en mente apropiarse del marketing de la diferencia para vender mejor a los similares y promover los valores conservadores bajo el sello de lo alternativo.

La diferencia perdió entonces, de forma innegable, su derecho a figurar en programas generalistas, encontrándose confinada en programas especializados. A través de estos programas, se fomentaba el conformismo, se definía lo alternativo como un conjunto de géneros particulares, se hacía corresponder a los nuevos públicos y se relegaba al silencio a los más audaces. Bajo la grandiosa retórica de la diversidad, asistimos a una estandarización generalizada de los contenidos musicales.

Internet: otro asalto

Cuando, armados con ordenadores, los independientes tuvieron acceso a las nuevas herramientas de producción y distribución, a la industria le pareció, de repente, menos divertido, el discurso de la diversidad. Los sacrosantos principios de los derechos de autor se defendieron frente a las nuevas formas de distribución que ofrece Internet y la pérdida de control absoluto sobre la distribución. Se empezó a hablar de la «crisis del disco» y se culpó a los consumidores por ser de su tiempo, por vivir la cultura en el compartir y ya no bajo la égida de un modelo capitalista desvanecido.

Asistimos entonces a una nueva forma de diversidad, la del individuo, la del múltiple. Estas plataformas, menos enmarcadas, se convierten en mundos heterogéneos donde se codean lo peor y lo mejor, pero donde se abren ventanas a la audacia.

En mi opinión, es crucial, tanto para los artistas como para los aficionados, apropiarse de nuevos modelos de expresión, nuevos modelos de negocio y modos de compartir.

Reivindico un lote mejor para la música. La música es el arte de todos los sonidos. Creo que hay que aprovechar las mutaciones actuales para que la música vuelva a ser un espacio de libertad y cuestionamiento. Si el arte tiende a alejarnos de la barbarie, el capitalismo nos devuelve a ella a todo galope.

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