Presses de l’Université de Montréal

Notas

1 Como, por ejemplo: Joseph Hanse, «Langue littéraire et appartenance nationale», en Actas del IV Congreso de la Asociación Internacional de Literatura Comparada, 1965.

2 Jean-Marie Klinkenberg, «Insécurité linguistique et production littéraire. Le problème de la langue d’écriture dans les lettres francophones», en Michel Francard et al. (eds.), L’Insécurité linguistique dans les communautés francophones périphériques, Louvain-la-Neuve, no. spécial des Cahiers de l’Institut de linguistique de Louvain, t. XIX, 1994, no. 3-4, pp. 71-80.

3 Véase Jean-Marie Klinkenberg, «La production littéraire en Belgique francophone. Esquisse d’une sociologie historique», en Littérature, nº 44 (número especial L’Institution littéraire, II), 1981, pp. 33-50.

4 Cf. Jean-Marie Klinkenberg, «Insécurité linguistique et production littéraire. Le problème de la langue d’écriture dans les lettres francophones», op. cit.

5 Paul Dirckx, «La langue du fou. Les obstacles à l’analyse des spécificités de l’espace social belge», en Réseaux, nº 85-87, Langues, blancs, pouvoirs inconscients, 1999.

6 Jean-Marie Klinkenberg, La Langue et le citoyen, París, PUF, 2001.

7 Este poder constructivista del discurso epilingüístico común contamina el de la ciencia, cuando ésta transforma en realidad objetiva lo que sólo es una clasificación puramente metodológica. Así, el romanista, que hace del valón y del normando dos dialectos vecinos en el mismo fardo francés, se sorprende bastante al saber que el checo y el eslovaco se consideran no como dos variedades, sino como dos lenguas distintas; por otra parte, un especialista en lenguas eslavas tendría derecho a asombrarse de que dos lenguas tan distintas como el piamontés y el siciliano se hagan pasar por dos meros dialectos del mismo fardo italiano. Sin embargo, sólo se trata de decisiones de clasificación arbitrarias (que otras técnicas, como la dialectometría, hacen menos ideológicas). La ceguera, o perversidad, consiste en confundir el orden de la decisión metodológica con el de la esencia. Esto es lo que no duda en hacer cierta lingüística, que radicaliza el discurso epilingüístico vulgar haciendo de su postura idealista de unificación un postulado metodológico, y al mismo tiempo oscureciendo su alcance ideológico. Bourdieu hace bien en remitirse a la definición de Chomsky de la lingüística, que ha sido citada mil veces y que, sin embargo, sigue siendo increíble: «La teoría lingüística», para él, «se ocupa fundamentalmente de un hablante-oyente ideal, insertado en una comunidad lingüística completamente homogénea, que conoce perfectamente su lengua y está protegido de los efectos gramaticales irrelevantes» (apud Pierre Bourdieu, Ce que parler veut dire. L’Économie des échanges linguistiques, París, Fayard, 1982, p. 24).

8 Pierre Bourdieu, op. cit. p. 27.

9 Sería agotador describir las manifestaciones de esta concepción. Desde Jacques Tahureau – que en su Oraison au Roy de la grandeur de son règne et de l’excellence de la langue française (1555) declara «Iamais langue n’exprima mieux les conceptions de l’esprit que fait la nôtre: Iamais langue ne fut plus douce à l’oreille et plus coulante que la Francoyse : Iamais langue n’eut les termes plus propres que nous auons en Francoys»- a Paul Guth, que una vez me dijo que buscaba un «diamante puro» en el corazón de la lengua francesa, y más allá de sus avatares, un núcleo irreductible, una invariante.

10 Pierre Bourdieu, op. cit, p. 29.

11 Ibid, p. 31.

12 Bourdieu de nuevo: «Para que un modo de expresión entre otros se imponga como el único legítimo, el mercado lingüístico debe estar unificado y los diversos dialectos (de clase, región o etnia) deben medirse prácticamente con la lengua o el uso legítimos. » (Pierre Bourdieu, op. cit., p. 28.)

13 No invoquemos -sería demasiado fácil- el mito de la «claridad de la lengua francesa», una claridad que hizo escribir a Molard que era «el órgano de la política y de la verdad, cuyo curso simple y natural tiene» (1803) y que recientemente hizo decir a un político inconsciente -o impúdico- que era imposible mentir en francés. Tampoco hay que olvidar la idea de que el francés transmite necesariamente valores humanistas universales, por el simple hecho de ser francés: ¿se nos ha dicho lo suficiente que fue la lengua de los principios de 1789? (Con motivo del quincuagésimo aniversario de las Naciones Unidas, el antiguo Secretario General, ahora jefe de la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica, nos ofreció una formulación modernizada de este gran mito: «El francés es, en la memoria de los pueblos, una lengua ‘no alineada’ – a veces digo ‘subversiva’: la lengua de la rebelión contra la injusticia, la intolerancia y la opresión. «) No hablemos tampoco de la idea de una «crisis de competencia» en el lenguaje, uno de los rumores lingüísticos más tenaces; tan tenaz y tan general que no merece la pena cuestionarlo. Tampoco invoquemos la «guerra del nenufar» o la «guerra de la cafetera», durante las cuales hubo sobre todo galicismo y gaudriole, y comentarios con connotaciones sexuales («violación de la lengua», «lascivia léxica», «acoso textual»). No invoquemos nada de esto: la vida es demasiado corta…

14 Pierre Bourdieu y Jacques Dubois, «Champ littéraire et rapports de domination», en Jean-Marie Klinkenberg (ed.), L’Institution littéraire, Textyles, nº 15, 1999, pp. 12-16 (aquí, p. 13.)

15 Jean-Marie Klinkenberg, «Le problème de la langue d’écriture dans la littérature francophone de Belgique. De Verhaeren à Verheggen», en Árpád Vigh (ed.), L’Identité culturelle dans les littératures de langue française, Actes du Colloque de Pécs, París, ACCT, Pécs, University Press, 1989, pp. 65-80.

16 Lise Gauvin, «Problématique de la langue d’écriture au Québec de 1960 à 1976», en Langue française, nº 31, 1976, pp. 74-90.

17 Lise Gauvin, Langagement. L’écrivain et la langue au Québec, Montréal, Boréal, 2000.

18 Tienen que posicionarse en relación con dos prácticas, cada una de las cuales tiene sus ventajas e inconvenientes: «La homogeneización, ya sea del mundo representado (por la elección de una comunidad unilingüe o incluso unidialectal) o del mundo representado (por la traducción de los enunciados de la ficción a la lengua de la narración). El procedimiento contrario consiste en respetar los actos de habla heterolingües del mundo significado y reproducirlos con la mayor exactitud posible en el mundo significante. Pero lo que se gana en realismo se pierde en legibilidad. » (Rainier Grutman, «Norme, répertoire, système : les avatars du premier roman québécois», en Études françaises, vol. 28, nº 2-3, 1992-1993, pp. 83-91; aquí p. 86.)

19 Anne-Marie Trekker y Jean-Pierre Vander Straeten, Cent auteurs, Bruselas, Éditions de la Francité, 1982.

20 Jean-William Lapierre, Le Pouvoir politique et les Langues. Babel et Leviathan, París, PUF, «La politique éclatée», 1988.

21 Jean-Marie Klinkenberg, «Le problème de la langue d’écriture dans la littérature francophone de Belgique. De Verhaeren à Verheggen», op. cit; Jean-Marie Klinkenberg, «Insécurité linguistique et production littéraire. Le problème de la langue d’écriture dans les lettres francophones», op. cit.

22 Cf. Michel Francard et al. (dir.), op. cit.

23 Y se pueden encontrar bajo la pluma de críticos y escritores de estas tres zonas todas las huellas de esta inferioridad: desde el suizo Gonzague de Reynold (1913), que habla de un «francés de frontera», hasta el belga Octave Maus (1901), que se queja amargamente del galimatías que se habla en casa. No sólo la expresión cotidiana de sus conciudadanos deja que desear («sólo tenemos una noción aproximada y a menudo inexacta del valor de las palabras; las utilizamos desordenadamente con una serenidad divertida; sufrimos el reinado del à-peu-près, del à-côté, del approche»), sino que su literatura está llena de «palabras mal utilizadas, de acoplamientos desproporcionadamente largos de términos». En resumen, el belga habla mal: «Cualquier diálogo entre un francés y un belga es, en este sentido, característico. El lenguaje, en lugar de ser nervioso, breve, rítmico, se vuelve relajado, dislocado, escapa a toda disciplina, y la gimnasia de la mente se ve fatalmente afectada. «Rossel y Maus tienen hoy muchos descendientes. Algunos de ellos pueden encontrarse en el resumen de la obra colectiva Jacques Sojcher (ed.), La Belgique malgré tout, número especial de la Revue de l’Université de Bruxelles, nº 1-4, 1980.

24 William Labov, Sociolinguistique, París, Éditions de Minuit, 1976, p. 87.

25 Pierre Bourdieu, op. cit. p. 25.

26 Jean-Marie Klinkenberg, «New looks at the concept of ‘Belgian literature’. À propos de Sto let bel’gijskoj literatur’i par L.-G. Andreev», en Marche romane, vol. XVIII, 1968, pp. 120-132. Y Jean-Marie Klinkenberg, «La production littéraire en Belgique francophone. Esquisse d’une sociologie historique», op. cit.

27 Véase Michel Francard, en colaboración con J. Lambert y P. Masuy, L’Insécurité linguistique dans la Communauté française de Belgique, Bruselas, Communauté française de Belgique, Service de la langue, «Français & société», 1993.

28 Marie-Louise Moreau, «Le bon français de Belgique. D’un divorce entre norme et discours sur la norme», en Daniel Blampain, André Goosse, Jean-Marie Klinkenberg, Marc Wilmet (eds.), Une Langue, une Communauté. Le Français en Belgique, op. cit, 1997, pp. 391-399.

29 Y además se pueden escuchar perfectamente en él los dos discursos «Defendemos el francés mejor que los franceses» y «Los franceses deben ser nuestro baluarte contra la crisis lingüística».

30 Hasta finales del siglo XIX, es bien sabido que una ideología pretendía preservar la imagen de una Bélgica única y unida, producto de una simbiosis en la que los genios latinos y germánicos vendrían a fundirse armoniosamente: bruma benéfica del corazón y claridad cartesiana del medio de expresión.

31 Cf. Paul Dirckx, op. cit.

32 Véase Martine Garsou, L’image de la langue française, Bruselas, Communauté française de Belgique, «Sociedad francesa &, nº 1, 1991. Véase también Dominique Lafontaine, «Les attitudes et les représentations linguistiques», en Daniel Blampain, André Goosse, Jean-Marie Klinkenberg, Marc Wilmet (eds.), op. cit, pp. 381-390. Y véase Michel Francard, en colaboración con J. Lambert y F. Masuy, L’Insécurité linguistique dans la Communauté française de Belgique, op. cit. Además, en un movimiento que va mucho más allá de Bélgica, los diccionarios generales como Larousse y Robert se abren cada vez más a las particularidades regionales, cuando estos editores -como Le Robert o Hachette- no comercializan productos decididamente «francófonos». En su revisión de 1989, el Petit Larousse incluyó unos 300 belgicismos, número que aumentó en 200 en la revisión de 1998. Mientras tanto, los estudios lingüísticos, cuyos equivalentes se encontrarían en otros lugares del mundo francófono, dejan claro que existe un buen uso belga, distinto del buen uso francés, un buen uso en el que las diferencias geográficas cuentan menos que las sociales (véase Marie-Louise Moreau, op. cit.)

33 Daniel Blampain, André Goosse, Jean-Marie Klinkenberg, Marc Wllmet (eds.), op. cit.

34 Estrategia centrípeta: es la autonomización, o creación de un campo cultural distinto (una creación que anula la jerarquía, y por tanto la legitimidad…). Estrategia centrífuga: es el esfuerzo de asimilación en el ámbito parisino, o al menos el deseo de reconocimiento por parte de las instancias que consagran este centro. Estos dos movimientos tienen su contrapartida en el plano lingüístico. La estrategia lingüística centrífuga es típicamente la del purismo. Al sospechar, el orador marginal se controla a sí mismo y alinea sus producciones con lo que cree que es la norma. No nos sorprenderá, pues, que Bélgica sea el país del Bon Usage y de las crónicas lingüísticas; y que sea la primera nación que ha erigido la ortografía en disciplina olímpica: ¿no propuso, a través de sus Campeonatos Nacionales de Ortografía, una bonita operación panfletaria a Bernard Pivot?

35 Pierre Bourdieu, op. cit. p. 74.

36 Jean-Pierre Bertrand, «Parler mal, écrire bien. El estatuto lingüístico y literario de la francofonía belga. Problemas y perspectivas». Ponencia en el coloquio Réalités et perspectives francophones dans une Europe plurilingue, Saint-Vincent, mayo de 1993.

37 Jérôme Meizoz, Le Droit de «mal écrire». Quand les auteurs romands déjouent le » français de Paris «, Carouge-Genève, Zoé, » Critique «, 1998.

38 Maurice Piron, » Le problème des littératures françaises marginales «, Bulletin de l’Académie Royale de langue et de littérature françaises de Belgique, t.o XLVI, no 4, 1968.

39 Marc Quaghebeur, Jean-Pierre Verheggen, Véronique Jago-Antoine, Un pays d’irréguliers, Bruselas, Labor, «Archives du futur», 1990.

40 Como ejemplo, invocaremos, por parte belga, la exposición «Tire la langue» (1990), que dio lugar a la publicación de una antología titulada Un pays d’irréguliers (Marc Quaghebeur et al, op. cit.), o un estudio sinóptico de los discursos de recepción pronunciados en la Real Academia de la Lengua y la Literatura (cf. Christian Delcourt y Janine Delcourt-Angélique, «Septante ans de belgitude», en Le langage et l’homme, 30 de junio de 1995, 2-3, pp. 135-145). En el lado francés, se pensará en las columnas literarias y paraliterarias que Yves Frémion escribe fielmente bajo el título T’ar ta lacrem en el fanzine Fluide glacial y que dedica a todos los aventureros del lenguaje: se constata que los belgas, de Norge a Blavier, ocupan allí un lugar envidiable.

41 Tzvetan Todorov me comentó una vez que a sus ojos -desde Chaïm Perelman hasta el Groupe µ- la retórica era una especialidad belga.

42 Maurice Piron, op. cit, p. 6.

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